Atrapados en tal fila de autos algunos enseguida aprovecharon para correr entre los yuyos y hacer pis, otros sacaron el mate y subieron el volumen de la música y casi todos especulaban sobre qué podría estar pasando dos kilómetros más adelante con aquel camión que se notaba volcado. Usaban las cámaras de fotos o de filmar para ver a través del zoom. Pero nadie tenía certezas, sólo mi hermana que caminó hasta allí y preguntó qué pasaba.








Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, (...)
JC

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